Velasco y el mito del “rock prohibido”: lo que realmente ocurrió en el Perú de los 70
- LaVozUcayalina

- 16 nov 2025
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Aunque se repite que Juan Velasco Alvarado “prohibió” el rock, la evidencia demuestra que no hubo censura oficial. El declive del género respondió a factores culturales, discográficos y sociales que favorecieron la música nacional —sobre todo la cumbia amazónica impulsada por Infopesa— y a la falta de cohesión dentro de la propia escena rockera. Esa fragmentación se prolongó en los 80 y 90, y sigue presente hoy, especialmente en ciudades como Pucallpa, donde la cumbia mantiene un arraigo sólido mientras el rock carece de una comunidad unida.
Redacción LVU

Desde hace décadas circula la idea de que el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado fue el verdugo del rock peruano. La imagen del régimen nacionalista expulsando a músicos, cerrando espacios y clausurando expresiones juveniles se ha repetido tanto que muchos la consideran una verdad comprobada. Pero una revisión histórica más rigurosa muestra un panorama bastante diferente: Velasco no prohibió el rock, no lo criminalizó ni lo persiguió con una política explícita. La historia, como suele ocurrir, es más compleja.
Para entender el mito hay que revisar el episodio más citado: la cancelación del concierto de Carlos Santana en 1971. El propio Santana declaró años después que “tenían miedo de que un grupo tan grande como nosotros encendiera los ánimos”, en referencia a la tensión política y a la presión de sectores universitarios e institucionales de la época. Sin embargo, no hubo un decreto ni una orden directa de Velasco para censurar el espectáculo. La expulsión del músico respondió a un clima político cargado, a temores morales y a prejuicios sobre la cultura rock, antes que a una política deliberada contra el género.
Mientras tanto, en Lima y otras ciudades del país el rock seguía funcionando. Bandas como Telegraph Avenue, Tarkus, Pax, El Polen o We All Together iniciaron sus carreras en pleno gobierno militar. Algunos incluso grabaron en inglés y publicaron discos que hoy son piezas de culto. También hubo presentaciones internacionales: Almendra, el grupo de Luis Alberto Spinetta, tocó en el Festival de Ancón en 1969, y el Marshmallow Soup Group se presentó en la Feria Internacional del Pacífico. La circulación existía; lo que no existía era una escena cohesionada ni un mercado sólido.
Aquí aparece un factor determinante: la industria musical. En los años 70, tres sellos dominaban la producción y distribución: IEMPSA, MAG e Infopesa. El más influyente en regiones y sectores populares fue Infopesa, fundado por Alberto Maraví, un cazador de talento que viajó por todo el país para grabar músicos que conectaran con el gusto mayoritario. En sus recorridos, Maraví no encontró rock en el interior: encontró cumbia, música tropical y romántica. Y fue en ese contexto que nacieron los vinilos que definirían la identidad musical amazónica: Juaneco y su Combo en Pucallpa, Los Mirlos en Moyobamba, y otras agrupaciones que llenaron fiestas, plazas y radios.
La cumbia amazónica —eléctrica, psicodélica, profundamente regional— se convirtió rápidamente en un fenómeno popular. Con el respaldo de Infopesa, la música de la selva llegó a todo el país. Y con la Ley de Comunicaciones de 1971, que exigía mayor programación nacional en radios y canales, estos sonidos encontraron terreno fértil. No fue un ataque al rock: fue una política de afirmación cultural que, involuntariamente, favoreció a géneros que ya tenían raíces comunitarias, identitarias y participación masiva.
Por contraste, la escena rock peruana tenía problemas que ninguna ley podía resolver. No existía un sello exclusivo que agrupara a sus bandas ni un movimiento cohesionado. Los músicos de rock —principalmente de clase media urbana— veían la música como una actividad paralela a sus estudios, lo que dificultaba la formación de proyectos a largo plazo. Tampoco había un discurso confrontacional o político que los uniera, como sí ocurrió en Argentina o Chile. En el Perú, cada banda operaba por su cuenta. Esa falta de comunidad terminó debilitando al género.
El declive posterior lo confirma. En los 80, el rock subterráneo resucitó el movimiento, pero siguió fragmentado; en los 90, los pocos intentos de industria rockera se concentraron en Lima y no lograron articular un mercado nacional. Hoy, cinco décadas después, la escena rock peruana mantiene ese patrón: talento sí, unión no. En ciudades como Pucallpa, donde la cumbia amazónica nació con fuerza comunitaria y sigue dominando, la falta de cohesión del rock es aún más evidente y persistente.
Al final, más que represión, lo que vivió el rock peruano en los setenta fue una derrota cultural y de mercado. No tuvo la cohesión, el arraigo ni la capacidad organizativa para competir con géneros que sí nacieron desde la comunidad y para la comunidad. Velasco no mató el rock: el país simplemente se inclinó hacia la música que ya llevaba en la sangre, mientras la escena rockera no logró unirse para sostenerse en el tiempo.








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